Un cuchillo que corta bien no depende solo de la calidad del acero en el momento de comprarlo: el mantenimiento diario influye tanto o más en cuánto tiempo se conserva ese filo utilizable. Unos pocos hábitos sencillos alargan considerablemente el tiempo entre afilados profesionales.
El uso de una chaira o afilador con regularidad (no un afilado completo, sino un realineado rápido del filo) es el hábito que más diferencia se nota en el día a día. Como se detalla en la guía de cuchillos de cocina de este sitio, la chaira no sustituye un afilado profesional ocasional, pero mantiene el filo entre esos afilados y es una compra que se rentabiliza rápido con el uso diario.
La tabla de corte también influye más de lo que parece: cortar sobre superficies duras como mármol, cristal o cerámica desgasta el filo mucho más rápido que hacerlo sobre madera o polietileno. Una tabla de plástico o madera de calidad protege el filo a cada corte, mientras que las superficies muy duras lo mellan de forma acumulativa aunque no se note en cada uso individual.
Lavar el cuchillo a mano y secarlo de inmediato, en lugar de dejarlo en el fregadero o meterlo en el lavavajillas, evita tanto el deterioro del filo por el roce con otros utensilios como la oxidación en mangos de madera. El calor y los detergentes agresivos del lavavajillas también pueden afectar al acero con el uso repetido a lo largo de los meses.
Guardar los cuchillos sueltos en un cajón, chocando entre sí y contra otros utensilios, es de las formas más rápidas de mellar un filo bien cuidado. Un bloque, una funda individual o una barra magnética de pared protegen el filo entre usos y, de paso, reducen el riesgo de cortes al rebuscar en un cajón lleno de utensilios.
